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Un gnomo en la gran vía

por Ana Alfageme en Tentaciones

Si ya resulta enervante para un urbanita curtido sortear la marabunta de gente, obras y coches de una tarde en la Gran Vía de Madrid, imagínate si eres una especie de gnomo angelical que viene de una remota isla tan grande como Portugal y con tantos habitantes como Vigo. Cuando Jon Thor Birgisson, Jonsi, el delicado cantante y guitarrista del cuarteto islandés Sigur Rós, arranca a hablar sobre la espiritualidad en su música, lo hace también un martillo neumático a un par de metros de su oreja derecha.

El salto que pega el chaval es propio de una película de acrobacias orientales. Claro. En Islandia lo que se oye es el aullido del viento sobre los glaciares y el canto de las ballenas. Algo parecido al sonido de Sigur Rós: post rock atmosférico con la voz de Jonsi en falsete. Sus conciertos se iluminan con velas y huelen a incienso. Les encantaría tocar en sitios silenciosos. Iglesias, por ejemplo. Les oyes y te da la impresión de que se trata de la música religiosa que harían unos mutantes del futuro vestidos con mono plateado. "Creo en Dios, pero el que está dentro de ti", musita el cantante aún con el susto en el cuerpo. "Nuestra espiritualidad significa confiar en lo que hacemos".

Jonsi se mueve por la selva urbana a saltitos. Habla bajo, entrecortadamente: es el acento islandés que tiñe su inglés y una timidez enfermiza que le obliga a interrumpir las entrevistas y realizar respiraciones para relajarse. Aunque ahora, con su camiseta azul marino del revés, los vaqueros holgados y unas zapatillas llenas de porquería, parece un adolescente de pueblo descubriendo la gran ciudad. Un crío que se pone cardiaco cuando sabe que pasaremos por el barrio gay. No se reconoce en él al líder de 27 años de una banda tan cool que induce al vómito (una periodista escribió que un concierto suyo era tan maravilloso que había tenido que largarse al baño...) y que movió a Thom Yorke, de Radiohead, a suplicarles que les acompañasen de gira. Que tiene fans como Brad Pitt o el cineasta Cameron Crowe, quien incluyó en su película Vanilla Sky música de Ágætis byrjun (1999), el primer álbum de Sigur Rós publicado fuera de Islandia. Una obra que desató un furor -más bien cualitativo- sólo comparable al que trasladó a su paisana Björk al estrellato. Ágætis byrjun fue proclamado mejor disco del siglo en Islandia. Y en 2001 y en Estados Unidos, Sigur Rós se llevó el premio Shortlist al mejor logro musical, otorgado por un jurado de artistas como Beck, Marcy Gray o Dave Grohl. Los islandeses derrotaron a PJ Harvey, Gorillaz y Air, entre otros.

El tupé rubio tipo cresta de Jonsi acentúa su aire de duende huidizo. Un elfo del país de los elfos que toca la guitarra con un arco de violonchelo, trata su voz como otro instrumento y nota que se suspende en el aire: "Me siento vacío, la música fluye a través de mí", se explica, "en el escenario me sumerjo en mi propio mundo. No siento nada claro, cosas como tristeza o felicidad. De repente, la canción se acaba y yo me despierto".

Ahora está más que despejado. Su único ojo útil (es tuerto de nacimiento) otea una foto de los Tigres del Norte, barrigas y sombreros en ristre, a la puerta de una tienda de discos. Pregunta por ellos. "Son mexicanos y cantan sobre drogas", se le contesta. "¿Y lo hacen sobre lo malas que son las drogas o sobre drogarse?", aprieta él. Estupefacientes. Difíciles de conseguir, carísimos, en ese pedazo de Marte en la Tierra llamado Islandia, mezcla de hielo eterno y tierra volcánica, una isla sin árboles, sin gente (280.000 habitantes), tan septentrional que te pasas la mitad del año a oscuras y la otra mitad sin noche. Los islandeses son los campeones europeos en leer, escribir y trabajar. "Ves acción en el aire", sigue Jonsi, "no hay mucho sol ni calor, y todos caminan así [se mueve a cámara rápida, ante el asombro de una anciana que pasa a su lado]. Cuando vuelves a casa te das cuenta de que Islandia es tan fresca, tan joven, y la naturaleza está tan intacta... En Europa todo parece cansado, decadente...

Los sonidos espaciales del grupo parecen fabricados con un colocón del siete. "Para nada", responde Jonsi, la boca llena de filete de soja en el restaurante en el que comemos antes de tirarnos a la Gran Vía, "en los conciertos necesitamos mantenernos sobrios". El cantante es vegetariano, y por eso estamos aquí: "Un día, sin más, dejé de tomar carne y pescado. Me lo pedía el cuerpo". Los de Sigur Rós se mueven por deseos y divertimentos: Jonsi canta porque nadie más podía y lo hace en un idioma inventado; Georg Holm, sentado aquí al lado, toca el bajo porque era un pésimo guitarrista, y ha dejado circular el bulo de que es capaz de pescar con los dientes. El nuevo álbum de la banda, más duro de pelar que el anterior, se identifica por dos paréntesis. Las canciones son largas y no tienen nombre. El libreto está en blanco, para que los oyentes escriban las letras que les sugieran las letanías de Jonsi. En fin, que hacen lo que les da la gana, y punto. Cantante y bajista se conocieron en el instituto. "No me gustaba que me dijeran haz esto, estudia lo otro", explica Jonsi, entre bocado y bocado, "no quería imposiciones. Deseaba descubrir lo que me interesaba. Y fue la música, entre otras cosas". La timidez se ha esfumado. Jonsi habla y come sin cortarse. Su madre, que es enfermera, se sentiría orgullosa al ver a este alfeñique de 59 kilos y 180 centímetros meter el tenedor en el plato de cualquiera y chillar de placer al probar el gazpacho. Tras el banquete, paseo. Jonsi quiere comprar unos cascos, pero son tan buenos que no hay manera de encontrarlos. Su curiosidad es imbatible: te sigue a una bodega para comprar el vino que le recomiendes. Después de preguntar si hay champán rosado, se queda con un cava catalán. Se ríe maliciosamente al ver en un escaparate una vela-pene con los colores del arco iris, dice que se tomaría una caña en el bar leather de al lado y pide un gin tonic en la plaza de Chueca. Pregunta por qué la tónica es buena para el estómago. Es incansable: pide entrar en una diminuta tienda de guitarras españolas decorada con los autógrafos de los grandes. La propietaria, una señora con cardado, le pregunta por Paco de Lucía. Jonsi se encoge de hombros, pero toma un instrumento y se marca unos rasgueos. La magia llena el local. La mujer dictamina: "Desde luego, se nota que el chico no es un aficionado". Jonsi, extasiado, se despide con una reverencia, como si fuera japonés. Calle de Fuencarral. Moli, el músico español que nos acompaña, le dice que por aquí se mueve la gente alternativa. Él se pone aún más contento. Su ojo operativo se agranda. "Éste ese el tipo de sitios que me gustan. Yo no ligo, me cuesta mucho, no me atrae el típico gay musculado. Me encantan los indies, la gente muy delgada, como este...". Un chico con camisa azul, los hombros caídos, pasa como una exhalación. Jonsi, el hombre que firma dibujando un sol, se queda con la sonrisa en los labios.

Sus Tentaciones

Cine: Jonsi odia Vanilla Sky, la película que contiene una canción de Sigur Rós. "Me gustan los buenos filmes", dice, "como Happiness y Amelie".

Música: De todo, pero confiesa su debilidad por Metallica.

Libros: Paul Auster. Lleva en la mochila dos volúmenes en inglés, Generación X de Douglas Coupland, y The inusual life of Peter Smith, de Peter Carey.

Arte: Le gusta el trabajo de los graffiteros.

Un vicio: Un buen café solo.