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Crítica de Valtari

por Rafa Cervera en Rolling Stone. Calificación: 3/5

Hasta que Sigur Rós irrumpieron en la escena musical a finales de los 90, Björk y The Sugarcubes eran el único referente pop asociado a Islandia. A partir de entonces, el cuarteto ha ido edificando un estilo que hoy forma ya parte del imaginario de la Islandia moderna tanto como el look de Björk. Su música es una especie de documental sobre los misterios de la isla, hecho sólo con sonido, y Valtari (que, curiosamente, significa apisonadora) es fiel a esa línea.

Creado después de unas vacaciones de cuatro años en las que Jónsi ha grabado dos discos por su cuenta y el resto se han dedicado a su vida familiar, el sexto álbum del grupo es otro de esos monumentos sonoros, una catedral invisible en la que la música adquiere cotas casi religiosas y el mensaje es más o menos el que uno quiera ponerle (a no ser que sepas islandés o sepas descifrar el hopelandic, el idioma inventado al que recurren para algunas letras). Cuesta trabajo pensar que Sigur Rós abandonen alguna vez ese mundo onírico del que ya son parte, porque ni las columnas de cenizas del volcán Eyjafjallajökull ni la crisis económica que castigó al país parecen haber dejado huella en estas ocho composiciones. Valtari es un disco más electrónico (que no de baile como lo era el de Jónsi en solitario) pero tan etéreo como sus predecesores, hecho con algunas canciones rescatadas de discos (un álbum de 2009, una colaboración con un coro) que nunca terminaron. Jonsi definía este disco como contemplar una avalancha de nieve a cámara lenta, pero lo cierto es que la etiqueta de ambient para los dioses resulta mucho más adecuada.

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