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Frío de vivir

por David Broc en Mondosonoro.

Islandia tiene la culpa de los dos momentos más demoledores del año: el primero, la extenuante interpretación de Björk en la milagrosa “Dancer in the dark”, actual y fácil objetivo de críticuchos enfermos de anti-modernidad; y el segundo, “Agaetis byrjun”, tercer álbum de sigur rós y, desde ya, obra a superar en el rock del nuevo siglo.

En una actualidad musical desasistida de genio y talento, el nombre de Sigur Rós sobresale como un referente de innegociable valía. Desde Islandia, este cuarteto ha rubricado con “Agaetis Byrjun” no sólo uno de los grandes discos del año (echen un vistazo a la lista), sino una de las obras clave de la música de nuestro ayer (esos noventa ya extinguidos) y de la música que aún está por llegar. Ráfaga inagotable de genio e ingenio, de pureza expresiva, canto valiente a la libertad artística como fin y medio, el tercer álbum (se quedaron por el camino dos trabajos ya cotizadísimos) de Sigur Rós es un caudal, siempre al límite del desbordamiento, de ideas, influencias, sonidos, imágenes y sensaciones. Un ejercicio totalmente inesperado y desacorde con los tiempos que corren o, mejor dicho, que vuelan.
Los trazos sinfónicos de Michael Nyman, Gavin Bryars, Henryck Górecki o Arvo Pärt se funden y confunden con la empatía melódica de My Bloody Valentine, Godspeed You Black Emperor! y Mogwai; las indagaciones emocionales de Radiohead, Piano Magic o The Cure concuerdan con el autismo atmosférico de Labradford, Cocteau Twins o Brian Eno... “Agaetis Byrjun” es un punto de encuentro fundamental de la música que se pretende y se siente grande, intrépida, necesaria. Al igual que los canadienses Godspeed You Black Emperor!, el otro gran nombre de nuestros días, Sigur Rós construyen pasajes y paisajes donde prima, por encima de todo, la emoción del momento. No importan los medios (se usan innumerables instrumentos), las formas (el tiempo deja de importar) y el contenido (esto es rock, pop, ambient, post-rock, clásica, noise...). Aquí no hay peajes. Artífices de un trabajo, pues, sublime y subliminal (hablamos de un soberano puntapié a la modernidad mal entendida), los miembros de Sigur Rós sólo ponen límites a la limitación, sólo ponen frenos a las barreras. Por eso su legado (sí, porque “Agaetis Byrjun” ya es historia) huye de la etiqueta y el encasillamiento asequible: porque la belleza no tiene nombre ni género. Elegidos por Radiohead, otra referencia en continua pelea consigo misma y, por tanto, con la actualidad musical, para telonear sus actuaciones europeas, Sigur Rós acaban de sumergirse en las aguas, turbias pero cristalinas, de la contracorriente, esas aguas que una y otra vez niegan, desprecian y ridiculizan el momento que nos está tocando vivir a día de hoy. Suyo es este disco contagiado hasta la enfermedad de lirismo, emoción, intensidad y ensoñación: sin duda alguna, la obra más arrebatadoramente romántica del año.