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Crítica de ()

por Cynthia Rodríguez en ocnos.com.

El alfa y la omega. El principio y el fin. El cielo y el infierno. La belleza y la violencia. El amor y el odio. El placer y el dolor. La vida y la muerte. La esperanza y la desilusión. Demasiados choques de conceptos para 71 minutos. La mezcla de sentimientos bizarros que caen como un gélido balde de agua sobre las crestas de los escuchas.

Este álbum no gustará a todos. Es muy largo, no habla sobre chicas y lowriders, no tiene beats funkah ni pizca alguna de punchis punchis. Las líricas son muy repetitivas y no dicen nada, no te piden que rockees duro ni que llores porque tu pareja te dejó, si tocas sus canciones al revés no encontrarás mensajes satánicos, no son comunistas, no son demócratas, no son ex-alumnos de Operación Triunfo, no piden a Vicente Fox que libere a los chiapanecos, les importa un bledo que Fidel Castro viva o muera, no usan maquillaje, no rompen sus instrumentos en el escenario, no tienen groupies que publiquen sus "medidas" en el Internet, no vinieron al Teletón ni han visitado al Papa. Además, los creadores no visten Abercrombie & Fitch ni nacieron en Nueva York. No, no. Definitivamente, este disco no les va a gustar a todos. Pero a los que les guste, les fascinará hasta llegar al enajene absoluto. Heme aquí.

Así es. ( ) (o Paréntesis, como suelo pronunciarlo) es la tercer producción de Sigur Rós, cuarteto islandés con casi ocho años de antigüedad y relativamente poca fama en el resto del mundo, si los comparamos con otros compatriotas suyos como Björk y los casi muertos Gus Gus. ( ) procede al alabadísimo Ágætis Byrjun (Un Buen Comienzo, 1999), del cual Cameron Crowe pidió prestadas dos canciones (la bellísima "Svefn-G-Englar" y la homónima del disco) para su filme Vanilla Sky, protagonizado por Tom Cruise y Penélope Cruz. Entre su larga lista de fans (yo incluida) podemos encontrar nombres de personalidades famosas como Gillian Anderson, Beck, Macy Gray, Lars Ulrich, Madonna, Brad Pitt, Tommy Lee, e incluso George W. Bush, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Por suerte, esto último no es más que un rumor.

( ) es diferente a sus antecesores. No tiene la dosis orgánico-marihuana de Von (Esperanza, 1997, editado sólo en Islandia y asequible por Internet) ni la gracia estilizada de su antecesor más próximo. Al contrario, es un experimento totalmente nuevo, nunca antes visto en la historia de la música. Para comenzar, el título es nombrado de diferentes formas por diferente gente. Los temas no tienen nombre alguno y las melodías son cantadas en Hopelandic, un idioma sin gramática ni ambiciones a-la-Esperanto, inventado por Jón Þór Birgisson, el pimpollo y joven líder del grupo. Y, para colmo, el booklet está totalmente en blanco, y la portada es representada por unos gruesos ( ) y el nombre del grupo escrito con bolígrafo por el pimpollo himself, a quien le gusta que le digan Jónsi. Sin embargo, el CD tiene mucho más contenido del que aparenta tener. Muchísimo más.

El sonido de un click precede al Track 1, pieza cuyo órgano nos recuerda levemente a "Everything in its Right Place" de Radiohead. Tras un lento desarrollo, es cuando el 02:24 nos regala las primeras vocales de Jónsi. Ásperas como una lija, pero claras como el más virgen de los lagos. La melodía sigue, casi sin cambio alguno más allá de algunas cuerdas proporcionadas por el trío de chicas Amina, que ya casi son parte de Sigur Rós. El final es glorioso, con las voces más agudas y perforantes que haya oído en mucho tiempo.

El Track 2 abre con el sollozo de unas sirenas en la lejanía, el timbre de un teléfono celular y la estática de un viejo vinilo. Después del primer golpe de la batería, casi todos los instrumentos tocan acorde a la zozobra de las nereidas. Digo, casi todos los instrumentos, ya que el principal (las cuerdas vocales) no aparece sino dos minutos después. Filosas y lloriqueantes, acechándote como tijeras por un rato hasta llegar al 03:07, cuando un largo quejido te corta el aliento. Poco a poco, la aflicción se convierte en tranquilidad, hasta llegar al Track 3. Un oasis en el desierto de la melancolía. Un lacónico opus de piano, repitiéndose una y otra vez por seis minutos, hipnotizándote de tal forma que, en cualquier momento, puedas romper a llorar sin consuelo, tengas un ataque incontrolable de risa o caigas en el más dulce y profundo de los sueños.

No pasa mucho tiempo para que comience Track 4. Sí, el que también apareció en Vanilla Sky. Un himno de esperanza al más puro estilo de U2, sólo que sin cantar sobre el hambre en Etiopía ni la señorita Sarajevo. El clímax comienza al llegar a la parte en la que la caja musical de Kjartan Sveinsson (Kjarri, músico de profesión, el más joven de todos, mas no el que ha vivido menos) toca una pieza casi infantil que nos cobra un suspiro. El tema acaba con Jónsi a capella, de una forma tan serena y natural que parece estar cantándote al oído.

Un silencio de más de medio minuto abruma los altavoces. Baja tus pies de nuevo a la Tierra después del primer trance y te prepara para el segundo.

Aunque el 5 sea el número de la vida, este Track parece ser el tema de la muerte. Una quieta y triste opera, quizás lo último que una diva de Hollywood escuchó en su oscura tina de baño, mientras se hundía en el agua caliente, su esencia fluía de sus muñecas y su boca intentaba pronunciar el nombre del ser amado, peleando con el alcohol y los barbitúricos.
El Track 6 comienza y sigue con lentitud, para llegar al epílogo casi solemne, en el que la guitarra de Jónsi nos vuelve a recordar a The Edge, guitarrista de U2. Y así sigue hasta que, con una distorsión, comienza la siguiente canción.
El Track 7. Un aura fúnebre cubre al Track 7. No sé si por los duros y marcados tamborazos de Orri Páll Dýrason, los rasgos al bajo de Georg Hólm, el fúnebre clavicordio de Kjarri o la quebradiza voz de Jónsi. O por todo en conjunto. El tema sube y baja un par de veces hasta llegar definitivamente a la cumbre en la que Jónsi, al borde del llanto, grita hasta quedarse ronco y completamente solo. Si esto les parece demasiado, esperen a llegar al Track 8.

La keyword con la que el Track 8 se maneja en los repertorios de los conciertos de Sigur Rós es "Popplagið" (Pop Song), aunque la canción en sí no tenga nada de Pop. De hecho, dudo que el escucha promedio de canciones Pop pueda soportar ésta.
El principio es muy normal y tranquilo. Unas armónicas de bajo por aquí, un leve tocamiento a la guitarra por parte de un arco de violín, unas percusiones que nos recuerdan una lluvia de cometas sincronizada, una voz sin distorsiones ni tonos agudos, un solo de guitarra por allá, un aumento infinitesimal de ritmo por acullá. Una canción meramente sedante, se dirán ustedes mismos. Sin novedades en la superficie, pero con un enorme secreto en sus profundidades, que sólo espera el poder emerger. Y el mejor momento para ello es el silencio, cuando únicamente se pueden oír los maullidos de gato de Jónsi y un toque Placebesco de Georg. Aquí es cuando la bestia, de repente, posee a Orri. Los golpes a la batería son más rápidos, más fuertes, más animales. Casi ensordecedores. Hasta llegar a la gran explosión. Larga y potente. Como un orgasmo hindú. Jónsi sodomiza a su fiel guitarra con el arco. Georg hace lo mismo con su instrumento. Pero la estrella es la batería. Fuerte, desquiciante, con una rapidez casi enferma. Hasta llegar al final abrupto. Hasta acabar con el mismo "click" del principio.
El álbum en sí cuenta con influencias del Pink Floyd de los tiempos de Live At Pompei, el Radiohead de Kid A, el U2 de los 80's, los grandiosos lados B instrumentales de Placebo, e incluso de bandas post-rock como Mogwai y Spiritualized. Un álbum bastante recomendable, probablemente el mejor del año 2002. Funciona como un increíble sedante para los tiempos de tensión y cansancio. Asimismo como un buen álbum para, en estas épocas de frío, echarse a la cama, taparse con cinco cobertores San Marcos y simplemente dormir o quedar en un trance, mientras se queme lentamente una vara de incienso del aroma de su preferencia.

Y para concluir te pregunto: ¿Quién necesita la marihuana, los hongos, los bongazos, las revistas porno y las buenas sesiones del old in-out, si tenemos a Sigur Rós?

Aunque, pensándolo bien, podrían ser buenos enhancers.