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Crítica de ()

por David Morán en Rockdelux.

El onanismo creativo sin más coartada que la búsqueda de un cierto ideal de belleza - relativo, qué duda cabe - puede acabar desembocando en atrocidades como estas: Sigur Rós, o la banda capaz de masajear los oídos de todos aquellos que huirían despavoridos ante cualquier trabajo de Enya o Vangelis y, sin embargo, se arrodillan sin contemplaciones ante el estofado New Age de los islandeses. Inexplicable, sí, pero cierto. Incluso aceptando que tras el paisajismo embobado y gélido de "Agaetis Byrjun" (2000) podía llegar a esconderse algo interesante, con "()" no ha lugar duda o sospecha posible. Nunca antes belleza y vulgaridad habían sido conceptos tan cercanos. Lo primero es lo que buscan. Lo segundo lo que encuentran.

Coronando ese hype neosinfónico que ellos mismos se sacaron de no-se-sabe-dónde, Sigur Rós regresan con un disco sin nombre de ocho canciones sin título. El motivo, dicen, es que no quieren coartar la imaginaciòn del oyente ni mediatizar sus sensaciones. Pues vale. Suponiendo que sea éso -absurdo, sí, pero cosas más tontas se han visto -, Sigur Rós no dejan de ser unos hábiles trileros. Anuncian oro y venden bisutería barata. Sí, de la que destiñe y acaba en la basura por inútil, falsa y, a la postre, fea. Ésto y no otra cosa es "()", un disco que anuncia sinfonías de desarrollo cristalino y belleza infinita y acaba facturando ridículas y vulgares serenatas con las que uno se agota de esperar que pase algo (en la mente, los más de ocho minutos del corte seis; sencillamente, inenarrables).

Con una facilidad sorprendente para desacreditar la fórmula "remanso glaciar más crescendo épico-trascendental" (repetida aquí hasta decir basta), el cuarteto de Reikiavik confunde grandeza con gradilocuencia -ocho temas, 71 minutos; hagan cálculos -y post-rock con un pastiche sonoro donde cabe desde lo peor de Pink Floyd, Spiritualized y Radiohead hasta los tics más nefastos del pop de cámara y del ambient plomizo. Todo ello sin perder de vista el maquillaje New Age, las gotitas de rock sinfónico y el omnipresente misticismo de postal. Una fórmula que en manos de cualquier otro grupo sería lapidada hasta la muerte.

Párrafo aparte merece Jonsi Thor Birgisson, vocalista con vocación de querubín castrado cuyo tonillo de voz -espeluznante, irritante y grotesco- puede acabar por rematar la paciencia del oyente. Por no hablar de ese bobalicón idioma inventado con que ilustran sus sinfonías del fracaso -"Hope-landish", me parece que lo llaman; algo así como el "aserejé" de las Ketchup en versión cool. La guinda de un pastel tan vacío como el espacio que encierran los paréntesis de la portada. Una obra maestra (dicen) que va a caer por su propio peso en la papelera más cercana.